Las infraestructuras invisibles que sostienen la vida cotidiana: la economía feminista redefine la planificación urbana

La AEI financia un proyecto liderado por la Universidad de Murcia y la red europea EuWIGeN que investiga cómo las infraestructuras públicas condicionan el bienestar cotidiano y perpetúan desigualdades sociales y de género.

Un polígono industrial inaccesible en transporte público, una red de movilidad pública pensada solo para ir de casa al trabajo, un barrio sin iluminación suficiente, un parque infantil con barreras arquitectónicas o la escasa dotación de centros públicos de atención a la dependencia. Son decisiones urbanas aparentemente neutras, pero que condicionan la vida cotidiana de millones de personas y afectan de forma distinta según el género, la edad, el nivel de renta, el lugar de residencia (territorio urbano, periurbano o rural o el grado de discapacidad.

Sobre esta idea nace el proyecto "Infraestructuras para la vida cotidiana desde la economía feminista del bienestar", financiado por la Agencia Estatal de Investigación (AEI) a través de la convocatoria de Proyectos de Generación de Conocimiento 2022 y cofinanciado por la Unión Europea. Coordinada desde la Universidad de Murcia, la investigación forma parte de la red internacional EuWIGeN (European Well-being, Infrastructure and Gender Network) integrada por un equipo multidisciplinar.

La investigación pretende demostrar que las infraestructuras públicas no son ni neutras ni universales. Para ello, estudia cómo influyen estos servicios en el bienestar y calidad de vida de las personas y desarrolla nuevas herramientas para medir su impacto. En el marco de este proyecto se celebra del 11 al 13 de junio en la Universidad de Murcia el Simposio Internacional "Infraestructuras para la vida cotidiana, bienestar social y nuevas métricas para la toma de decisiones públicas", que reunirá a especialistas en economía feminista, urbanismo, movilidad y políticas públicas.

Una investigación pionera desde la UMU

La iniciativa está liderada por Gloria Alarcón García, profesora de Economía Aplicada de la Universidad de Murcia y especialista en economía pública, fiscalidad, presupuestos con perspectiva de género y bienestar social. Desde 2010 coordina distintas investigaciones europeas sobre infraestructuras y calidad de vida.

El grupo reúne perfiles vinculados a la economía, el derecho, la sociología, el urbanismo, la movilidad y los estudios de género, entre otros. La red colabora con distintos organismos públicos vinculados a la planificación urbana y con instituciones europeas especializadas en igualdad y en bienestar social, como el Instituto Europeo de Igualdad de Género (EIGE). Parte de los datos generados están disponibles en el Instituto de las Mujeres y en el Instituto Europeo de Igualdad de Género (EIGE).

Las infraestructuras invisibles que sostienen la vida

El concepto de "infraestructuras para la vida cotidiana" nace del trabajo de las investigadoras finlandesas Horelli y Vepsä (1994), que proponían la creación de un nivel intermedio entre el hogar y las instituciones públicas y privadas que permitiera integrar vivienda, trabajo y cuidados en el entorno vecinal.

Frente al protagonismo tradicional de las grandes infraestructuras, como aeropuertos o autopistas, esta corriente pone el foco en aquellos elementos urbanos que sostienen la vida diaria: centros sanitarios, escuelas infantiles, comercios, calles, jardines, áreas deportivas o parques industriales. Su diseño puede facilitar o dificultar la vida cotidiana. "Sin estas infraestructuras, las personas no pueden desarrollarse", explica la investigadora.

Esta iniciativa parte de una idea central: las políticas públicas suelen plantearse desde una supuesta universalidad que, en la práctica, no siempre existe. "Si a ello se le añade que no son neutrales desde una perspectiva de género, la exclusión y marginación tiene nombre de mujer", señala Alarcón García.

Una nueva forma de entender el bienestar de las mujeres

El proyecto parte de una idea innovadora: el impacto de las diferentes infraestructuras públicas en el bienestar de las mujeres varía según su etapa vital. Los resultados sugieren dos funciones: infraestructuras para sostener la vida, permiten organizar los cuidados, atender responsabilidades familiares, acceder a servicios sanitarios o conciliar trabajo y vida personal; y las infraestructuras para vivir bien, relacionadas con la autonomía personal, participación social, cultura, deporte o espacios comunitarios.

Las mujeres entre 31 y 44 años viven una etapa de mayor intensidad de cuidados donde los servicios de conciliación y apoyo familiar tienen un impacto mayor en su calidad de vida porque liberan tiempo, reduce estrés, alivia responsabilidades y mejora su percepción global, según apuntan las investigaciones. Por el contrario, las mujeres mayores de 65 años valoran más el acceso a espacios de participación, socialización, actividad física, cultura y ocio porque les permite mantener su vida social, autonomía, rutinas, vínculos y sentido de pertenencia.

Más allá del PIB: medir el bienestar real

Uno de los aspectos diferenciales del proyecto es el desarrollo de nuevas métricas para evaluar el bienestar social. El grupo cuestiona la suficiencia de indicadores tradicionales como el Producto Interior Bruto (PIB) para medir el progreso de una sociedad. En los últimos años han surgido diferentes corrientes que intentan complementar el crecimiento económico con indicadores de bienestar, salud o calidad de vida. Naciones Unidas, por ejemplo, incorpora variables como la salud y la educación en el Índice de Desarrollo Humano.

EuWIGeN combina dos enfoques teóricos: el Capability Approach, centrado en las capacidades reales de las personas para desarrollar su vida, y las teorías del bienestar subjetivo o "teoría de la felicidad". A partir de estas metodologías, analizan cómo determinadas infraestructuras influyen en capacidades relacionadas con la autonomía personal, acceso al empleo, relaciones sociales, ocio, descanso, salud emocional, seguridad o participación comunitaria. Para ello, han desarrollado el WIGI Index (Well-being and Infrastructure from a Gender Perspective Index), un indicador económico que mide el impacto real de las infraestructuras en el bienestar de distintos colectivos.

Infraestructuras que pueden perpetuar desigualdades

Uno de los principales objetivos del proyecto es demostrar que el gasto público en infraestructuras no es neutro ni universal, contribuye a reducir o consolidar las desigualdades existentes. "El problema no es gastar más, sino distribuir los recursos con otros criterios", explica la investigadora. Desde esta perspectiva, invertir en determinadas infraestructuras de gran escala, como aeropuertos, puede tener menos impacto directo sobre la calidad de vida cotidiana que reforzar servicios de transporte público entre pedanías, municipios rurales o ampliar y conectar las infraestructuras de cuidados.

Uno de los ámbitos donde se hacen visibles estas desigualdades es la movilidad urbana. La mayoría de redes de transporte aún se diseñan para el denominado "trabajo productivo", desplazamiento lineal entre casa y trabajo remunerado, históricamente asociado al patrón masculino. Sin embargo, muchas mujeres combinan empleo con tareas de cuidados ("trabajo reproductivo") realizando trayectos mucho más complejos a escuelas infantiles, centros sanitarios o comercios, además de a sus lugares de trabajo.

Cuando esos "centros de interés vital" no están conectados por un transporte público eficiente, los costes y el tiempo invertido en movilidad se disparan, limitando la autonomía económica y profesional de muchas mujeres. "El transporte debe entenderse como un ascensor social", defienden desde el proyecto. La investigadora pone como ejemplo el área metropolitana de Barcelona, donde muchos trayectos requieren combinar distintos medios de transporte, lo que encarece los desplazamientos y alarga los trayectos.

Pensar las ciudades desde los cuidados

Las conclusiones preliminares del proyecto apuntan a efectos que van mucho más allá de la movilidad urbana. Un diseño de infraestructuras orientado al bienestar podría mejorar la salud física y mental, reducir el estrés y la soledad, favorecer el descanso y aumentar la autonomía, la participación laboral, especialmente entre las mujeres. También podría facilitar la inserción laboral y la creación de empleo vinculado a servicios públicos de cuidados.

Tras más de una década de investigación, la red EuWIGeN insiste en que las infraestructuras no son únicamente una cuestión técnica o económica. También son una herramienta capaz de ampliar derechos, reducir desigualdades y decidir qué vidas se colocan en el centro de las políticas públicas. Son "un elemento estructural para la sostenibilidad y la cohesión social", apunta Alarcón García.

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